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El libro de Ester no revela a su autor de manera explícita. La tradición señala que fue escrito por un judío que vivía en Persia, probablemente entre los siglos V y IV a.C., con un profundo conocimiento de las costumbres, protocolos y leyes de la corte persa. El detalle narrativo sobre banquetes, decretos reales y usos palaciegos confirma un trasfondo de primera mano en el ambiente imperial.
Algunos sugieren que pudo haber sido un cronista oficial judío con acceso a los archivos de la corte o un sabio que recopiló las tradiciones orales de la comunidad judía en el exilio. Otros estudiosos han visto en él una obra literaria cuidadosamente compuesta con fines teológicos y pedagógicos más que puramente históricos.
La autoría, aunque anónima, refleja un estilo narrativo singular en la Biblia: ausencia de referencias directas a Dios, pero con una trama en la que su providencia se intuye en cada giro de los acontecimientos. El silencio de Dios en el texto es, paradójicamente, una de sus voces más fuertes.
Más allá de la identidad del autor, lo central es su propósito: mostrar cómo la mano divina dirige la historia incluso cuando no se le menciona, y cómo la valentía de personas comunes puede convertirse en instrumento de liberación para todo un pueblo.
Los sucesos narrados en Ester se ubican en tiempos del rey persa Jerjes I (Asuero), cuyo reinado se extendió entre 486 y 465 a.C. El relato se centra en un período entre 483 y 473 a.C., en pleno apogeo del Imperio Persa, que gobernaba desde India hasta Etiopía.
En este contexto, los judíos vivían dispersos (la diáspora), bajo dominio extranjero, intentando preservar su identidad en medio de una cultura poderosa y muchas veces hostil. La amenaza de exterminio, promovida por Amán, refleja los riesgos reales de asimilación y persecución que enfrentaban las minorías en aquel tiempo.
El escenario principal es Susa, una de las capitales del Imperio, conocida por su lujo y grandeza. Allí se desarrolla la trama entre banquetes, decretos reales y conspiraciones, lo que muestra la tensión entre el poder humano y la protección divina.
El trasfondo cultural persa impregna el libro, pero el núcleo del relato es teológico y existencial: cómo un pueblo aparentemente débil sobrevive y es exaltado gracias a la fidelidad de Dios y al valor de una joven judía que se atreve a interceder.
La voz principal es la de Ester, una joven judía que, de manera inesperada, se convierte en reina del imperio. Su vida representa la paradoja de la vulnerabilidad y el poder: una mujer huérfana y extranjera que se convierte en instrumento de salvación para toda una nación.
Su voz no es estridente ni dominante; es el eco del coraje silencioso, la fe que se atreve a actuar en el momento justo. Ester es símbolo de discreción y sabiduría, que con paciencia y determinación desarma los planes del enemigo.
Junto a ella, aparece Mardoqueo, cuya voz firme y orientadora la impulsa a asumir su misión: “¿Y quién sabe si para esta hora has llegado al reino?”. En su interacción se revela una dinámica de fe comunitaria, donde la valentía personal se entrelaza con la responsabilidad colectiva.
El relato en su conjunto da voz al pueblo judío disperso, amenazado pero protegido, pequeño en número pero grande en propósito. La voz de Ester es, finalmente, la voz de la esperanza que se levanta en medio de la oscuridad.
Ester nos enseña que los momentos de crisis son también momentos de decisión. Muchas veces, sin buscarlo, somos colocados en lugares estratégicos para cumplir un propósito mayor. El valor de Ester nos recuerda que la fe se expresa en actos concretos de valentía.
También nos anima a confiar en la providencia de Dios incluso cuando parece ausente. Su silencio no es abandono: muchas veces actúa de maneras invisibles, tejiendo los hilos de la historia para bien de quienes confían en Él.
El mensaje de Ester es también un llamado a mantener la identidad de fe en medio de culturas que intentan disolverla. La fidelidad, incluso en la diáspora, sostiene la esperanza y asegura la continuidad de la promesa.
Hoy, como entonces, el mal se manifiesta en distintas formas de injusticia y opresión. Ester inspira a enfrentarlas con sabiduría, oración y acción decidida, sabiendo que la victoria final pertenece a Dios.