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El libro del Génesis, como parte del Pentateuco, ha sido tradicionalmente atribuido a Moisés. Esta visión reconoce en él la figura fundacional que recoge y transmite las memorias de Israel en su travesía hacia convertirse en un pueblo. Moisés, como líder espiritual, legislador y profeta, habría dado unidad a las tradiciones, componiendo así el relato de los orígenes en clave teológica y pastoral.
No obstante, los estudios modernos señalan que Génesis es fruto de una rica compilación de tradiciones orales y escritas, transmitidas durante siglos en distintas comunidades de Israel. Estas tradiciones incluyen relatos de origen mesopotámico, genealogías familiares, himnos de creación, y recuerdos de clanes y patriarcas que, al unirse, dieron forma a un relato común.
El valor de la autoría no se mide solo en la figura de un escritor, sino en la comunidad de fe que fue preservando y reelaborando la memoria de sus ancestros. Génesis es testimonio de cómo Israel interpretó su historia a la luz de su fe en el Dios único, integrando voces diversas en una narrativa de unidad.
Por eso, más que un autor individual, encontramos en Génesis una voz coral que une historia, mito, teología y poesía. Desde Moisés hasta los escribas posteriores, cada generación puso su acento, pero siempre con la intención de revelar la identidad del Dios creador y su proyecto con la humanidad.
La redacción final del Génesis suele situarse entre los siglos X–V a.C., aunque muchas de sus tradiciones son mucho más antiguas, transmitidas de generación en generación antes de ser fijadas por escrito. El exilio en Babilonia, en el siglo VI a.C., fue un momento decisivo en el que Israel sintió la necesidad de reafirmar sus raíces.
El contexto es el de un pueblo en construcción, que relee sus orígenes en contraste con los relatos de las culturas vecinas, como los mitos mesopotámicos de creación y diluvio. Génesis se diferencia porque en lugar de dioses en conflicto, presenta a un único Dios soberano que crea con orden y bondad.
Israel encontraba así en Génesis un relato que no solo respondía a la pregunta de “cómo empezó todo”, sino también a “quiénes somos” y “a quién pertenecemos”. La historia de Abraham, Isaac, Jacob y José servía para recordar que Israel no era fruto del azar, sino de una elección divina.
En medio de imperios poderosos y religiones politeístas, Génesis afirmó la identidad de un pueblo pequeño pero llamado a ser bendición. El libro se convirtió en el fundamento de la memoria nacional y espiritual de Israel.
En Génesis, el personaje central es Dios. Él habla, crea, bendice, llama, promete, juzga y salva. Es el verdadero protagonista que ordena el caos, establece pactos y conduce la historia hacia su propósito. Cada capítulo revela un aspecto de su carácter: creador, juez, amigo, libertador.
Junto a Dios, emergen figuras humanas que encarnan la relación entre la divinidad y la humanidad. Adán y Eva reflejan la vocación y la caída; Noé muestra la justicia y la salvación en medio del juicio; Abraham es modelo de fe y obediencia; Jacob encarna la lucha con Dios y la transformación; José revela la providencia en la adversidad.
La voz narrativa es sobria, casi poética, a veces cargada de simbolismo. No busca describir en detalle científico los orígenes, sino dar sentido teológico a la historia de la vida y de Israel. Cada relato es a la vez memoria, catequesis y proclamación.
En conjunto, Génesis nos presenta un coro de voces humanas —patriarcas, madres, clanes—, pero todas confluyen hacia un único hilo conductor: el Dios vivo que actúa y se revela en la historia. Él es la voz que atraviesa las páginas.
Génesis nos recuerda que el mundo tiene un origen y un sentido: fue creado por Dios con amor y sabiduría. En medio de la incertidumbre actual, esta certeza da esperanza: no estamos abandonados al caos, sino sostenidos por una voluntad buena.
También enseña que el ser humano tiene una dignidad inalienable como imagen de Dios, pero que esa dignidad se hiere por el pecado. Reconocer nuestra fragilidad es el primer paso para abrirnos a la gracia y la restauración.
El libro invita a reconocer que la historia no está guiada por el azar ni por el poder de los fuertes, sino por la providencia de Dios. Así como con José, lo que parecía tragedia puede convertirse en salvación.
Finalmente, Génesis llama a vivir en confianza y obediencia, como Abraham que salió sin saber a dónde iba. Es un recordatorio de que la vida de fe no se basa en certezas humanas, sino en la promesa divina que siempre se cumple.