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El libro de Daniel ha sido tradicionalmente atribuido al joven profeta judío que fue llevado al exilio en Babilonia durante el reinado de Nabucodonosor. Daniel, descrito como sabio, prudente y temeroso de Dios, es presentado como el autor de sus memorias y visiones. Esta visión tradicional sostiene que sus escritos reflejan experiencias personales y revelaciones divinas vividas en primera persona.
Sin embargo, muchos estudiosos modernos consideran que, aunque Daniel es una figura histórica y ejemplar, gran parte del libro pudo haber sido redactado y compilado hacia el siglo II a.C., en tiempos de la persecución de Antíoco IV Epífanes. Según esta postura, la figura de Daniel habría sido utilizada como modelo de fidelidad para animar a los judíos perseguidos.
Esta doble perspectiva —la tradicional y la crítica— no disminuye la fuerza del mensaje del libro. Ya sea que lo entendamos como memoria profética del siglo VI a.C. o como obra literaria de resistencia en el siglo II a.C., lo cierto es que sus páginas han transmitido esperanza y valentía a generaciones enteras del pueblo de Dios.
Por lo tanto, la autoría de Daniel se mueve entre la fe en su testimonio profético personal y la comprensión de que Dios inspiró a escritores y compiladores para dejar un mensaje que trasciende la historia y se proyecta hacia el futuro.
El libro se sitúa en el marco del exilio babilónico, iniciado en el 605 a.C. con las primeras deportaciones, y se extiende hasta el surgimiento del Imperio Medo-Persa. Daniel y sus compañeros fueron parte de los jóvenes nobles seleccionados para servir en la corte de Nabucodonosor, enfrentando la tensión entre permanecer fieles a su fe y adaptarse a la cultura extranjera.
No obstante, el trasfondo literario y final del libro parece extenderse hasta el siglo II a.C., en plena persecución de Antíoco IV Epífanes, quien intentó erradicar la fe judía mediante la imposición de cultos paganos. En ese contexto, el libro fue un instrumento de resistencia espiritual, mostrando que los imperios pasan, pero el reino de Dios permanece.
Así, el contexto del libro es doble: por un lado, un testimonio histórico del exilio en Babilonia; por otro, un manifiesto apocalíptico en tiempos de persecución helenística. Ambas realidades se unen para proclamar la soberanía de Dios sobre todos los reinos humanos.
El libro de Daniel es, por lo tanto, una obra que trasciende su tiempo, pues refleja la experiencia de un pueblo que, bajo distintas formas de opresión, aprendió a confiar en que Dios gobierna la historia y que ningún poder humano puede prevalecer contra su voluntad.
El personaje central es Daniel, presentado como un joven exiliado en Babilonia que se mantiene fiel a Dios a pesar de la presión cultural y política. Su voz transmite integridad, valentía y confianza en la justicia divina, convirtiéndose en ejemplo para los creyentes de todas las generaciones.
A lo largo del libro, Daniel aparece como intérprete de sueños y visiones, consejero de reyes y testigo de milagros. Su sabiduría y firmeza lo distinguen en medio de una corte llena de idolatría y corrupción. A través de él, Dios revela los misterios de los tiempos y anuncia la caída de los imperios humanos.
Junto a Daniel, sus compañeros Sadrac, Mesac y Abed-nego representan voces colectivas de resistencia, al negarse a adorar la estatua de oro de Nabucodonosor y ser librados del horno de fuego. Estos relatos refuerzan la enseñanza de que la fidelidad a Dios trasciende el temor a la muerte.
La voz de Daniel también se eleva en las visiones apocalípticas, donde ya no es solo un exiliado, sino un profeta que contempla el fin de los tiempos y la venida del Reino eterno. En este sentido, la voz de Daniel es tanto histórica como profética, personal y universal.
El mensaje de Daniel sigue siendo profundamente actual: en un mundo dominado por sistemas opresivos, ideologías cambiantes y poderes que parecen invencibles, la fidelidad a Dios es una fuente inquebrantable de esperanza y fortaleza. Daniel demuestra que la fe no se negocia, incluso cuando está en juego la vida misma.
El libro enseña que los imperios humanos, por muy poderosos que parezcan, son pasajeros. La historia no está en manos de dictadores, sistemas económicos ni fuerzas militares, sino en las manos del Dios soberano que establece y derriba reinos según su voluntad.
Asimismo, Daniel nos recuerda que la oración, la integridad y la confianza en Dios son armas poderosas frente a la injusticia y la persecución. El ejemplo de Daniel orando tres veces al día, aun cuando estaba prohibido, nos anima a mantener la fe en medio de cualquier circunstancia.
Finalmente, el libro señala hacia la esperanza eterna: un reino que no será destruido, un Rey que reinará para siempre y una resurrección que abrirá la puerta a la vida eterna. Daniel proclama que la última palabra no la tiene la opresión ni la muerte, sino la victoria de Dios.