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El libro de Ezequiel fue compuesto por el profeta que lleva su nombre, un sacerdote exiliado en Babilonia, hijo de Buzi, que recibió su llamado profético en medio del destierro. Su doble identidad como sacerdote y profeta le permitió hablar con autoridad tanto sobre la pureza del culto como sobre la fidelidad al pacto.
La autoría es notable porque, a diferencia de otros libros proféticos, Ezequiel narra muchas de sus visiones en primera persona, relatando con gran detalle las imágenes que contempló y las palabras que recibió de Dios. Esto aporta un carácter profundamente personal y testimonial a la obra.
Los estudiosos destacan su estilo único: simbólico, visionario, cargado de metáforas y actos dramáticos que buscan impactar a un pueblo endurecido y desesperanzado. Es un profeta que comunica no solo con palabras, sino con gestos, parábolas y representaciones vivientes.
El sello de Ezequiel está en su fidelidad: a pesar de la incredulidad de su audiencia, obedeció la voz divina, incluso cuando el mensaje era duro. El libro refleja su pasión por la santidad de Dios y por la restauración de Israel como pueblo escogido.
Ezequiel comenzó su ministerio en el año 593 a.C., en el quinto año del exilio del rey Joaquín, y lo ejerció hasta alrededor del año 571 a.C.. Su mensaje se desarrolla en pleno exilio babilónico, tras la caída de Jerusalén en el 586 a.C.
El pueblo de Israel vivía una de las mayores crisis de su historia: había perdido su tierra, su templo y su independencia política. En medio de ese vacío, muchos pensaban que Dios los había abandonado, o que su poder estaba limitado a la geografía de Judá.
En ese contexto, las visiones de Ezequiel revelan un Dios que no está atado a un lugar, sino que se mueve con su pueblo. Su gloria aparece junto a los exiliados en Babilonia, mostrando que su presencia trasciende fronteras y derrota toda desesperanza.
El exilio fue no solo una catástrofe nacional, sino también un laboratorio espiritual: allí Israel aprendió a ser pueblo de la Palabra y no solo del templo. Ezequiel fue una voz decisiva en esa transformación.
El profeta Ezequiel es el personaje central, una figura compleja y profundamente humana. Fue llamado a profetizar en circunstancias extremas, viviendo en carne propia la angustia del exilio. Su voz combina autoridad sacerdotal con creatividad profética.
Es un profeta que habla con imágenes sorprendentes: ruedas de fuego, huesos secos que reviven, un nuevo templo lleno de gloria. Sus visiones no son adornos poéticos, sino herramientas divinas para despertar a un pueblo dormido en su dolor y rebelión.
Su tono es intenso, a veces severo y hasta dramático. No teme usar actos simbólicos para comunicar el mensaje: acostarse sobre un costado durante días, comer pan cocido de manera extraña o rasurarse la cabeza para mostrar la suerte de Jerusalén.
A pesar de la dureza, su voz es también esperanzadora: anuncia un nuevo pacto, un nuevo corazón y un nuevo espíritu. En él resuena el Dios que juzga, pero también el que restaura.
El libro de Ezequiel nos recuerda que, aun en los momentos de pérdida y crisis, Dios no nos abandona. Su gloria trasciende los templos de piedra y se hace presente donde hay corazones dispuestos a escuchar.
Nos llama a la conversión personal: no basta con pertenecer a una comunidad o tener tradiciones, sino que cada uno debe responder con sinceridad a Dios y permitir que Él renueve nuestro interior.
Su mensaje es de esperanza: los huesos secos pueden revivir, los corazones de piedra pueden volverse de carne, y la comunidad quebrada puede ser restaurada bajo la acción del Espíritu Santo.
Hoy, Ezequiel nos invita a confiar en el Dios que juzga con justicia, pero que también promete vida nueva y abundante para quienes se vuelven a Él de todo corazón.